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30oct/100

En el autobús

En el autobús

La relación más indescriptiblemente morbosa que jamás he
experimentado con una mujer ha sido con María, a pesar de que jamás llegué a
practicar el sexo con ella. Era lo que normalmente se conoce como una mujer
de bandera, aquella que invariablemente atrae la atención de todos los
hombres: alta, rubia y de ojos verdes, su pecho, tal vez excesivamente pequeño,
era lo único que separaba a su cuerpo de la perfección, del mismo modo que
aquella afilada nariz era la única culpable de que sus facciones no se ajustaran
al clásico canon de belleza.

Mi atípica relación con ella fue el fruto de la confluencia
de dos factores que hoy difícilmente volverían repetirse. Por un lado, la conocí
en un momento de mi vida en el que ya sabía que el mejor modo de aproximarse a
una mujer como aquella era resultar completamente distinto a los demás. Es
decir, era consciente de que no se sentiría halagada por decirle lo guapa que
era, pues eso era algo que ya sabía de sobra, del mismo modo que, desde un
principio, tampoco traté de ligar abiertamente con ella, pues eso hubiera sido
predecible.

Sin embargo, al mismo tiempo también fui tan ingenuo como
para pensar que convirtiéndose en su amigo más tarde podría lograr algo más,
cuando, en realidad, lo único que conseguí fue ser clasificado dentro de ésa
categoría de especimenes sexualmente neutros e intelectualmente estimulantes, en
los que se puede confiar. En definitiva, mi asimétrica relación con ella
me hizo comprender por qué es tan fácil encontrar a tantos homosexuales que
disfrutan de la compañía de hembras semejantes y, sobre todo, que en cuanto una
mujer te dice que eres un caballero, tienes que olvidarte de cualquier
pretensión sexual hacia ella.

En realidad, todo fue un error de concepto: si alguien
escribió eso de que "cuanto más cerca del peligro, más lejos del daño", hoy yo
podría añadir que la proximidad física a un objetivo no significa que éste se
encuentre realmente a tu alcance, pues, en ocasiones, aquello que puede parecer
un atajo, más bien resulta un callejón sin salida. Al menos, hoy sé que estar
sentado junto a una mujer de una belleza cautivadora, hablando de sexo hasta
altas horas de la madrugada a tan sólo un par de metros de su dormitorio, no
significa que acabarás en él practicando todo aquello de lo que se habla.

En fin, lo cierto es que con María sólo logré convertirme en
una especie de confesor personal, gracias a lo cual pude conocer muchos detalles
de su vida íntima, junto a otro tipo de historias, bastante más sórdidas y
morbosas.

Una tarde me llamó por teléfono. Acababa de ducharme y me
había puesto ropa de andar por casa, cuando me recosté sobre el sofá para
descolgar el aparato. Mi amiga parecía indignada a causa de algo que le había
ocurrido aquella misma mañana, un deslumbrante día de agosto en el que Eva y
ella habían decidido acompañar a su madre a la playa del Sardinero.

Eva era su hermana pequeña, una copia de sí misma ocho años
más joven, en un momento en que sus incipientes formas femeninas comenzaban a
manifestarse exultantemente. Se trataba de ésa clase de chicas que, cuando uno
las ve por la calle, inmediatamente te hacen sentir nostalgia de tu adolescencia
perdida, ése momento de tu vida en el que cuerpos como aquel aún estaban
moralmente a tu alcance y constituían un auténtico misterio por descubrir. Por
su parte, su madre era una señora simpática y vivaracha; muy guapa, aunque sólo
despertaba en mí ese reverencial respeto que todo joven ha de sentir ante una
matrona de clase media.

Al parecer, cuando subieron al autobús, la más joven de las
tres decidió sentarse junto a su madre, por lo que María tuvo que hacerlo en un
solitario asiento próximo a la puerta de salida. Mientras el autobús iba poco a
poco llenándose de gente, su hermana comenzó a hablarle del campamento de verano
al que iba acudir un par de semanas después en Liébana.

Al cabo de un rato, María vio subir a un desconocido. Era
negro, alto y corpulento: obviamente un turista extranjero. En otras
circunstancias, posiblemente le hubiera encontrado atractivo, pero su mirada
irradiaba una indefinible insolencia que le resultó bastante desagradable. Al
igual que la mayor parte de los viajeros, a causa del calor veraniego tan sólo
vestía una camiseta de manga corta y un bañador.

Sin prestarse mutua atención, el turista se situó de pie
frente a ella, y se agarró a la barra de la puerta para no caerse, mientras
observaba distraídamente el paisaje que desfilaba a través de la ventanilla. El
autobús empezaba a encontrarse atestado de viajeros y, para entonces, Eva le
contaba diversas anécdotas acerca de su grupo de amigas… en el mismo momento en
que, hacia el margen izquierdo de su visión, María se percató de que el pene del
extranjero iba cobrando forma, a medida que se hinchaba lentamente a pocos
centímetros de su cara. Sin lugar a dudas –me aseguró, aún conmocionada-, era la
verga más grande que había visto hasta entonces, y a medida que sus formas se
iban definiendo claramente bajo el bañador, su hermana, girada sobre su asiento
aunque ajena a todo ello, continuaba exponiéndole entusiasmada sus planes para
el verano.

Por un momento, María alzó discretamente la mirada: rodeado
de gente, aquel desconocido la observaba fijamente, atento a su reacción, pero
ella centró de nuevo su atención en Eva. Pese a sentirse observada,
indescriptiblemente incómoda, logró fingir que nada estaba pasando, hasta que el
autobús se detuvo en otra parada y una nueva avalancha de gente se precipitó en
el interior. Entonces la entrepierna del negro se aproximó aún más a ella, hasta
encontrarse a menos de un palmo de su mejilla. Echando un vistazo por el rabillo
del ojo, María pudo distinguir claramente cómo palpitaba de excitación.

Mientras tanto, su hermana no dejaba de parlotear, aunque le
resultaba difícil seguir el hilo de su conversación: cuando el conductor tomó
bruscamente una curva, los pasajeros que se encontraban de pie se balancearon en
sentido opuesto, y por un instante, María pudo sentir la dureza de aquel miembro
masculino sobre su mejilla. No supo qué hacer. Decirle algo sin duda resultaría
muy violento para todos, y era posible –aunque no probable- que su estado de
erección fuera una circunstancia fortuita, y aquel roce tan sólo un accidente.
En fin, concluyó mi amiga casi refunfuñando, ante lo incómodo de la perspectiva,
decidió al menos concederle el beneficio de la duda.

A esas alturas, he de reconocer que yo experimentaba una
agitación similar. Imaginar el hermoso rostro de mi amiga pegado al miembro
erecto de un desconocido de color era una imagen que me resultaba perturbadora,
pero, al mismo tiempo, había despertado en mí una increíble excitación. Lo
cierto es que seguía sentía una creciente tensión en mi entrepierna, unida a un
intenso deseo de que mi amiga continuara con su relato.

De nuevo, el autobús tomó una curva, esta vez en sentido
contrario, y una vez más María se encontró con el abultado paquete de aquel
desagradable turista sobre su rostro. Esta vez, el contacto se prolongó durante
varios segundos, de forma que pudo sentir, claramente definidas sobre su
mejilla, las formas de dos enormes esferas peludas envueltas en una bolsa de
piel cuarteada, mientras aspiraba su intenso olor masculino, sutilmente mezclado
con el del jabón.

Alzó la vista contrariada, sólo para descubrir al propietario
de aquel extraordinario miembro fingiendo indiferencia, con la vista perdida en
algún punto más allá de la ventanilla. Al girarse de nuevo, se encontró ante una
expresión inquisitiva en el rostro de su hermana: se había dado cuenta de que no
le estaba prestando atención. María sonrió para tranquilizarla, echó una nueva
ojeada a su alrededor y cuando observó que una anciana acababa de entrar en el
autobús, encontró la excusa perfecta. Tras incorporarse, la ofreció su asiento
educadamente, y ella sonrió agradecida antes de sentarse en él. Una vez hecho
esto, María se situó de pie junto a su madre y hermana, aliviada.

Escuchar cómo aquel cabrón se había aprovechado de mi mejor
amiga me había producido una enorme conmoción interior, pero he de reconocer
que, a estas alturas, había sujeto el auricular del teléfono entre la mejilla y
el hombro, para poder sacar mi miembro del pantalón. Me sentía indignado ante la
actitud de aquel moreno, pero, por otro lado, jamás había compartido un momento
tan íntimo y excitante con aquella mujer que, desde hacía meses, se había
convertido en mi fantasía erótica. Y es que, pese a esa etiqueta de "espécimen
sexualmente neutro" que ella arbitrariamente me había asignado, me temo que yo
no lo era en absoluto y, de hecho, durante todas aquellas reuniones en su casa,
mi mente no había dejado de deambular entre un triángulo formado por ella, yo
mismo y su cama, una pieza de su mobiliario que ya sabía que era capaz de dar un
buen uso.

Así que, en ese momento, sintiendo su aterciopelada voz en mi
oído, mis manos acariciaban mi polla movidas por una voluntad completamente
ajena a mí. Tal vez pensaréis que estaba abusando de su confianza, encontrando
morbosa una confesión de estas características, pero lo cierto es que yo jamás
le pedí que me contara todo aquello. Es más, de haberlo sabido antes,
posiblemente le hubiera agradecido que no lo hiciera, pues he de confesar que me
consumían los celos.

Pero todo aquello estaba lejos de terminar. Cuando llegaron a
una nueva parada, el extranjero se hizo a un lado para dejar paso a cuatro
turistas japoneses, situándose detrás de María. Súbitamente, el conductor
aceleró para poner el vehículo en marcha y el traqueteo hizo que su cuerpo
acabara, de forma completamente fortuita, pegado al de ella. Ahora mi amiga
podía sentir la rigidez de su candente verga oprimiendo desafiantemente sus
nalgas.

Como ya he comentado, María no está dotada de unos pechos
especialmente grandes, pero tiene un culo rotundo, espléndido, sencillamente
perfecto. Dos hermosas esferas que sobresalen hacia el final de su espalda,
otorgando a su cuerpo un elegante perfil. Sobre ellas, se había tatuado un
pequeño entrelazado de forma triangular, que permanecía parcialmente a la vista
gracias a su camiseta de tirantes. Enfundadas en pantalones, sus nalgas
redondeadas se mecen al andar, creando una sensual oscilación que te obliga a
echar discretamente la vista atrás, hipnotizado. Este movimiento resulta aún más
delicioso cuando, en las contadas ocasiones en las que decide llevar zapatos de
tacón, el choque de éstos contra el suelo las hace vibrar con cada paso.

Por tanto, mientras me acariciaba concienzudamente mi ya
empapado miembro, no me resultó difícil imaginar la placentera sensación que
debió de experimentar aquel desaprensivo turista cuando consiguió hundir su
verga entre aquellas suaves esferas de carne. La tela que separaba su sexo de
ellas era tan fina que María me confesó que incluso podía sentir las
palpitaciones de aquella magnífica polla.

Mientras tanto, su madre había tomado la palabra y ahora le
aconsejaba cómo ordenar el equipaje, sin darse cuenta del embarazoso trance en
el que estaba sumida su primogénita. Por un momento, María evaluó la situación
y, deseosa de que su hermana pequeña no fuera testigo de aquel vejatorio
espectáculo, finalmente decidió no hacer nada: la playa del Sardinero se
encontraba a un escaso kilómetro y entonces podrían apearse.

No obstante, pronto se dio cuenta de que el tráfico era cada
vez más denso. Cuando el autobús tuvo que frenar repentinamente, produciendo una
brusca sacudida, la verga del extranjero se frotó enérgicamente contra su
trasero. Girándose sobre sí misma, María acertó a decirle: "Por favor, sepárese
un poco". Pero él, arqueando las cejas, tan sólo pronunció un educado "excuse
me" . Hablaba inglés, por lo que tal vez fuera británico, pensó ella. O quizás
escandinavo, pues sabía hacerse muy bien el sueco.

Se encontraban en pleno atasco y el autobús avanzaba a
trompicones entre los turismos que abarrotaban la calle, produciendo continuos
traqueteos cada vez que debía detenerse o reanudar la marcha. Aferrado con una
mano a la barra y con la otra a sus caderas, el extranjero frotaba su
entrepierna contra el culo de María: a través de su ligero pantalón de lino,
ella podía sentir cómo un viscoso cerco de humedad se extendía entre el
nacimiento de sus nalgas, a medida que el líquido preseminal fluía
intermitentemente.

Cuando las manos del negro se asentaron en su cintura, ella
cerró los ojos, rindiéndose al placer que le producían aquellas caricias. Era
pleno agosto, el interior se encontraba ya completamente abarrotado de gente y
el calor se iba haciendo, poco a poco, insoportable. Mi amiga estaba empapada en
sudor, y sus nalgas se iban humedeciendo cada vez más a causa del candente
contacto con la entrepierna de aquel hombre. Aquello había sido una rendición en
toda regla.

Al separase, apenas tuvo tiempo de echar de menos su calor
antes de sentir sus labios besándole el cuello, para bajar hacia el hombro,
mientras ella ronroneaba sensualmente de forma casi inaudible. Estaba a punto de
reventar de excitación, pero no había nada a su alcance que le pudiera producir
algún tipo de desahogo.

Con su mano izquierda, María palpó el abultado paquete que
amenazaba con desgarrarla la tela de su pantalón. Bajó la bragueta
apresuradamente y hurgó dentro de ella hasta extraer un falo firme y candente,
con la punta empapada. El turista de color ocultó hábilmente su entrepierna con
la toalla de playa. Por un breve instante, tuvo que separarse de él cuando pasó
junto a ellos una entrañable pareja de ancianos, pero pronto comenzó a
acariciarlo lentamente, mientras su propietario observaba a la gente deambular
por la calle a través del cristal, tratando de aparentar que nada anormal estaba
sucediendo. María decidió explorar la base de su polla, hundiendo sus largas
uñas en el rizado vello de los testículos.

A través del hilo telefónico, su relato se aproximaba al
clímax final… al igual que yo mismo. Mientras María sentía el cálido aliento del
turista acariciando su nuca, un último acelerón hizo que éste arquease sus
caderas. Mi amiga súbitamente sintió cómo un chorro de líquido caliente escapaba
entre sus dedos, salpicándole los pantalones de lino. "Sólo lo hice para que me
dejara tranquila", me aseguró, haciendo gala de un adorable pudor, tratando de
quitarle hierro al asunto. Pero , para entonces, varios regueros de esperma
habían empapado mi camiseta y vaqueros, creando unas machas sumamente delatoras
en mi indumentaria.

Al parecer, aquello debió de otorgar un cierto desahogo al
extranjero: "Thank you, honey" le susurró al oído, mientras acariciaba sus
caderas con su mano le quedaba libre y, cuando las puertas del autobús se
abrieron, salió al exterior para desaparecer entre el tumulto en dirección a la
Península de la Magdalena. Utilizando como excusa el sofocante calor, María
pidió a sus acompañantes que se apeasen con ella allí mismo, y, una vez fuera,
le resultó increíblemente liberador sentir la fresca brisa del mar en su rostro.
Poco a poco, la sensación de inquietud fue dando paso a la indignación, al
saberse la víctima de un abuso.

Aquella indignación aún permanecía en su voz, mientras
hablábamos por teléfono: era, precisamente, lo que la había llevado a
telefonearme en busca de consuelo. Súbitamente avergonzado, traté de
reconfortarla lo mejor que pude, mientras limpiaba los restos de esperma
adheridos a mi ropa.

Por supuesto, toda esta historia concluyó del único modo
posible, cuando semanas más tarde me decidí a dar el salto final hacia mi
objetivo. Lo cual fue como tratar de saltar hasta la cubierta de un barco que se
aleja: lo único que logré fue un buen chapuzón. Más tarde descubrí que con esta
clase de mujeres resulta imposible progresar a base de saltos, sino más bien
mediante requiebros, pues, para de ellas, amistad y sexualidad son dos sendas
que transcurren paralelas y rara vez convergen en un mismo punto.

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